Hay un viejo refrán, irlandés si no me equivoco... Asegura que la lluvia bendice. No hace muchos años los niños corrían y chapoteaban habiéndose escapado de sus cuidadores y se enchastraban en el barro para después sentir como cada gota los golpeaba en la cara, en las palmas de sus manos, sonreían, jugaban. Sentían como corría la lluvia por su pelo o trataban de beber el agua que caía desde un cielo gris, pesado y oscuro. Toda esa tierra que tenían encima de a poco iba corriendo por las mejillas y sonreían dulcemente.
Llegaban a sus casas y una madre furiosa los hacía meter en su hogar para sacarles las ropas mientras los empujaban al baño para que entraran a ducharse. Ellas se enojaban y maldecían y les decían que se iban a enfermar desde el otro lado de la puerta, mientras los pequeños se aseaban en la bañera. Aquellas mujeres cansadas se calmaban, sonreían y recordaban la frase que sus abuelas les habían repetido cuando ellas eran tan niñas e inocentes como sus hijos... "la lluvia bendice".
Y rara vez esos niños se enfermaban por haber jugado con la lluvia.
Muchos años antes de que eso sucediera los hombres se reunían a beber en el gran salón del pueblo la noche anterior a una gran batalla. Y si esa noche llovía, esos hombres salían del salón, se alejaban de la multitud, gritaban mirando al cielo; algunos se desnudaban y corrían en el campo abierto. Gritaban y se enfurecían y gritaban más fuerte, golpeándose el pecho. Lo hacían para avisarle al dios de la guerra que ahí estaban; esperando; y al dios de la muerte que ese no era el día en que se entregarían a él.
Sentían la tormenta, las frías e insulsas gotas, el viento. Veían los rayos y ansiaban que la naturaleza se violente más aún. En ese momento ellos se preparaban para enfrentar a cualquier enemigo dispuesto a dar pelea y esa lluvia, esa lluvia bendecía el valor.
Hoy y ahora llueve. Lo veo por la ventana, mientras escribo y me quejo porque el agua del mate no está caliente y las galletitas no son dulces, y a mí me da fiaca salir a comprarlas. Afuera las señoras con paraguas van contra la pared porque no quieren mojarse el pelo, y los hombres se levantan el cuello del sobretodo para no tomar frío, algunos se preocupan por los zapatos, otros por el peinado con gel... Y un nene saca las manos por la ventana del auto, en montoncito, junta algunas gotas y vuelve a meterlas para mirarlas sonriendo mientras su padre arranca cuando el semáforo se pone en verde.
Y yo recuerdo esa frase y sonrío sin saber muy bien por qué. "La lluvia bendice" decían los irlandeses.
Llegaban a sus casas y una madre furiosa los hacía meter en su hogar para sacarles las ropas mientras los empujaban al baño para que entraran a ducharse. Ellas se enojaban y maldecían y les decían que se iban a enfermar desde el otro lado de la puerta, mientras los pequeños se aseaban en la bañera. Aquellas mujeres cansadas se calmaban, sonreían y recordaban la frase que sus abuelas les habían repetido cuando ellas eran tan niñas e inocentes como sus hijos... "la lluvia bendice".
Y rara vez esos niños se enfermaban por haber jugado con la lluvia.
Muchos años antes de que eso sucediera los hombres se reunían a beber en el gran salón del pueblo la noche anterior a una gran batalla. Y si esa noche llovía, esos hombres salían del salón, se alejaban de la multitud, gritaban mirando al cielo; algunos se desnudaban y corrían en el campo abierto. Gritaban y se enfurecían y gritaban más fuerte, golpeándose el pecho. Lo hacían para avisarle al dios de la guerra que ahí estaban; esperando; y al dios de la muerte que ese no era el día en que se entregarían a él.
Sentían la tormenta, las frías e insulsas gotas, el viento. Veían los rayos y ansiaban que la naturaleza se violente más aún. En ese momento ellos se preparaban para enfrentar a cualquier enemigo dispuesto a dar pelea y esa lluvia, esa lluvia bendecía el valor.
Hoy y ahora llueve. Lo veo por la ventana, mientras escribo y me quejo porque el agua del mate no está caliente y las galletitas no son dulces, y a mí me da fiaca salir a comprarlas. Afuera las señoras con paraguas van contra la pared porque no quieren mojarse el pelo, y los hombres se levantan el cuello del sobretodo para no tomar frío, algunos se preocupan por los zapatos, otros por el peinado con gel... Y un nene saca las manos por la ventana del auto, en montoncito, junta algunas gotas y vuelve a meterlas para mirarlas sonriendo mientras su padre arranca cuando el semáforo se pone en verde.
Y yo recuerdo esa frase y sonrío sin saber muy bien por qué. "La lluvia bendice" decían los irlandeses.



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