Entró en el cuarto y sintió que el aire era más pesado. Respiró casi con dificultad, la humedad de un dormitorio había olvidado el movimiento. Se dio cuenta de que había algo de polvo sobre los muebles. Y por la ventana entraba la luz de un atardecer de otoño. Se colaba atravesando las cortinas le daba al lugar una tonalidad amarillenta, anaranjada, avejentada.
Estaba todo muy ordenado, la cama armada, con algún doblez rebelde, pero muy prolija. Unas sábanas floreadas, una frazada de un color crema indefinido. Y aquella almohada con una funda azul francia que siempre desencajó en aquel cuarto.
Acarició el ropero sin abrirlo. Trató de recordar toda la ropa que había adentro y que no se animaba a sacar aún. Lo hizo a la perfección. En algún momento lo más apropiado sería donarla, continuar con la despedida de esta manera, pero le dolía demasiado aún.
Caminó hasta el escritorio y sonrió con los ojos vidriosos al ver la radio que siempre había usado mientras estudiaba. Dolina, rock nacional, música "tranqui". No se animó a prenderla. No quiso saber cual fue la última radio que había escuchado.
Llegó a la cama y con nostalgia se acomodó lento, despacio sobre el borde. Tratando de no desarmarla demasiado. Miró la almohada y por un momento llevó su mano hasta ella. La apoyó suavemente y entonces recordó lo que siempre le había dicho. Que esa almohada era muy chatita, que comprase otra. Jamás le hizo caso, jamás le importó demasiado su almohada.
Después y con movimientos lentos vio la mesa de luz, acercóse de a poco y observó esa película gris tan clara sobre ella. Tanto polvo, tanta ausencia. Hacía mucho que no entraba en ese cuarto. Pasó la mano tratando de sacar un poco y tuvo un impulso, un instinto. Inexplicablemente supo que debía abrir el cajón de aquella mesita y lo abrió. Con el mismo cuidado y la misma timidez, con vergüenza por meterse en un lugar que no era el suyo, con la necesidad de conseguir un recuerdo más.
Se sorprendió. Lo primero que vio, apoyado sobre una calculadora vieja, un sacapuntas con forma de cachila y una agenda que jamás había sido usada, fue un sobre. Un sobre blanco, pequeño, sin cerrar. Con alguna estampilla de no sabía donde. Sin pensarlo lo tomó. En el frente, en letras mayúsculas claras y simples podía leerse"Carta de mi muerte", sin fechar, como si hubiese sabido lo que iba a pasar.
No pudo contenerse y sacó la única hoja que contenía. Una hoja papel carta, cuidadosamente doblada en cuatro partes. Escrita con una lapicera estilográfica de tinta negra.
En algunos párrafos explicaba que no lamentaba su muerte, que no había logrado todo lo que quería, pero que no había perdido oportunidad. Que se había enfrentado a todos los miedos que se presentaron. Que vivió cada día como lo quiso vivir. No lamentaba su muerte porque no lamentaba ni un solo segundo de su vida. Explicaba que no hubiese cambiado nada, que disfrutó de conocer todo lo que pudo conocer, charlar con las personas que le brindaban su simpatía, entendió los problemas que lo afectaban y se despreocupó por aquellos que no podía solucionar. Vivió pleno, vivió con miedos pero enfrentándolos, y tratando de sacarle todo el jugo a cada momento de felicidad. Sin resignación, sin mirar atrás. Vivó sabiendo que tendría momentos malos y momentos buenos y aprendió de cada uno de ellos.
Todo esto no hizo más que provocar un llanto desconsolado mientras leía. Entendió que tuvo una buena vida en aquellas líneas escritas tan correctamente. En letra cursiva. Ni una falta, ni un error, ni una coma de más, ni una tilde de menos. Entonces fue cuando vió algo que por un momento le trajo una confusión que terminó en una sonrisa. Aquella carta de despedida, tan bien escrita, tan correcta en su gramática y perfecta en su otrografía... no tenía un punto final.
Estaba todo muy ordenado, la cama armada, con algún doblez rebelde, pero muy prolija. Unas sábanas floreadas, una frazada de un color crema indefinido. Y aquella almohada con una funda azul francia que siempre desencajó en aquel cuarto.
Acarició el ropero sin abrirlo. Trató de recordar toda la ropa que había adentro y que no se animaba a sacar aún. Lo hizo a la perfección. En algún momento lo más apropiado sería donarla, continuar con la despedida de esta manera, pero le dolía demasiado aún.
Caminó hasta el escritorio y sonrió con los ojos vidriosos al ver la radio que siempre había usado mientras estudiaba. Dolina, rock nacional, música "tranqui". No se animó a prenderla. No quiso saber cual fue la última radio que había escuchado.
Llegó a la cama y con nostalgia se acomodó lento, despacio sobre el borde. Tratando de no desarmarla demasiado. Miró la almohada y por un momento llevó su mano hasta ella. La apoyó suavemente y entonces recordó lo que siempre le había dicho. Que esa almohada era muy chatita, que comprase otra. Jamás le hizo caso, jamás le importó demasiado su almohada.
Después y con movimientos lentos vio la mesa de luz, acercóse de a poco y observó esa película gris tan clara sobre ella. Tanto polvo, tanta ausencia. Hacía mucho que no entraba en ese cuarto. Pasó la mano tratando de sacar un poco y tuvo un impulso, un instinto. Inexplicablemente supo que debía abrir el cajón de aquella mesita y lo abrió. Con el mismo cuidado y la misma timidez, con vergüenza por meterse en un lugar que no era el suyo, con la necesidad de conseguir un recuerdo más.
Se sorprendió. Lo primero que vio, apoyado sobre una calculadora vieja, un sacapuntas con forma de cachila y una agenda que jamás había sido usada, fue un sobre. Un sobre blanco, pequeño, sin cerrar. Con alguna estampilla de no sabía donde. Sin pensarlo lo tomó. En el frente, en letras mayúsculas claras y simples podía leerse"Carta de mi muerte", sin fechar, como si hubiese sabido lo que iba a pasar.
No pudo contenerse y sacó la única hoja que contenía. Una hoja papel carta, cuidadosamente doblada en cuatro partes. Escrita con una lapicera estilográfica de tinta negra.
En algunos párrafos explicaba que no lamentaba su muerte, que no había logrado todo lo que quería, pero que no había perdido oportunidad. Que se había enfrentado a todos los miedos que se presentaron. Que vivió cada día como lo quiso vivir. No lamentaba su muerte porque no lamentaba ni un solo segundo de su vida. Explicaba que no hubiese cambiado nada, que disfrutó de conocer todo lo que pudo conocer, charlar con las personas que le brindaban su simpatía, entendió los problemas que lo afectaban y se despreocupó por aquellos que no podía solucionar. Vivió pleno, vivió con miedos pero enfrentándolos, y tratando de sacarle todo el jugo a cada momento de felicidad. Sin resignación, sin mirar atrás. Vivó sabiendo que tendría momentos malos y momentos buenos y aprendió de cada uno de ellos.
Todo esto no hizo más que provocar un llanto desconsolado mientras leía. Entendió que tuvo una buena vida en aquellas líneas escritas tan correctamente. En letra cursiva. Ni una falta, ni un error, ni una coma de más, ni una tilde de menos. Entonces fue cuando vió algo que por un momento le trajo una confusión que terminó en una sonrisa. Aquella carta de despedida, tan bien escrita, tan correcta en su gramática y perfecta en su otrografía... no tenía un punto final.
En este texto no hay una sola descripción de ninguno de los personajes... a quienes hayas imaginado de un lado o del otro, yo, en tu lugar, iría a darles un fuerte abrazo y a disfrutar un rato de su compañía.



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