22.9.11

Cenizas en el paraíso.

   Esta vez el motivo que lo acercaba a la orilla de aquel lago estaba claro. Sus viejos amigos lo esperaban con dos cervezas heladas y lo habían convencido de que debía sacar a pasear más seguido al gigantezco cachorro de San Bernardo.
   Ese animal era demasiado inquieto, comía demasiado y tenía demasiada energía para gastar y en una casa la que no había demasiado espacio para que lo hiciese.
  Con los sanbernardos todo es muy demasiado...
    Él iba tranquilo, con pasos lentos y el abrigo necesario para que el frío no fuese una molestia. Su mascota lo acompañaba entusiasmado, sacudiendo la cola y llamando la atención, casi sin querer, de todos los niños -y mayores- que pasaban a su costado.
   Al llegar al punto de encuentro la charla se dio como si no hubiesen pasado los años que habían pasado, historias, anécdotas y chistes estaban tan fuera del tiempo como la amistad que unía a esos tres amigos. Como en toda buena amistad, parecía que nunca hubiesen dejado de verse mientras la primera botella de cerveza iba llegando al final.
   Entonces mientras uno de ellos correteaba junto al cachorro y hundía las manos en el pelaje del animal que le lamía la cara, los otros dos continuaban hablando con el sonido de las olas del lago alejando a la civilización de los oídos.
   Uno de ellos destapó la segunda cerveza con un encendedor que después utilizó para darle pequeños y repetidos golpes al envase hasta que con el último -que sonó ligeramente más grave- la cantidad de burbujas que se observaban aumentó notoriamente. -"Así se despierta la cerveza, me dijo un amigo"- comentó.
   El primer sorbo marcó el silencio cuando las miradas apuntaban a un horizonte turbio y espeso que no le permitía al sol ni siquiera mostrar su figura. El paisaje era tan distinto al que ellos acostumbraban ver. El lago y el cielo no tenían límites claros y las montañas que siempre se veían en el fondo parecían haber sido devoradas por un apocalípsis que de a poco se metía en la ciudad, sin pedir permiso ni respetar espacios privados.
   El silencio se abrió paso entre puteadas vanas y carcajadas sinceras para dejarle el paso libre y claro a una frase que por esos días era bastante usada, aunque cada vez que era dicha dolía un poco más.
   -Che, ¡Qué ceniza de mierda! ¿Cuándo se va a ir?- se escuchó.
   El San Bernardo apoyaba la cabeza en la mano de uno de los del grupo cuando el dueño contestó.
   -El Puyehue cada tanto sigue tirando un poco, cada vez menos, pero tira. Andá a saber hasta cuando, también depende del viento. ¿Viste? A veces rota y la tenemos que comer toda nosotros, pero buen... Es el precio de vivir en el paraíso.- Dijo mientras miraba con las cejas levantadas y el mentón cerca del cuello.
  Y fue un momento en el que los tres apretaron los labios.
   Fue el momento en el que los otros dos trataron de imaginarse como habría sido su vida si no hubiesen abandonado aquella bonita ciudad.


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