13.10.11

Algunas palabras

Emerio había tenido una de esas semanas en las que el destino parecía insistir en querer hacerle creer que las cosas, a veces, pasan por algo. Una de esas semanas en las que las casualidades exponen sus propósitos como las plantas exhiben sus flores de colores rabiantes esperando la polinización. Cuando cada por qué encuentra un dónde y un cómo. Una de esas semanas le había tocado a Emerio, y no había sido nada mala.
Aquel día se subió casi al último tren que salía de la estación y se encontró subido en un vagón casi desierto, donde un hombre ordenaba cuidadosamente unas revistas sobre uno de los asientos. Eran la última edición de "Hecho en Buenos Aires" una revista que es vendida por personas en situación de calle y sin trabajo. Aquel hombre estaba cuidando su herramienta de trabajo. Tratando que no tuviesen una arruga, un doblez, una mancha. Y lo hacía bastante bien.
Emerio pasó sin prestarle demasiada atención y se fue a sentar en un asiento más, al azar, ni muy lejos ni muy cerca de nadie, tratando de encontrar su espacio. Pensaba como es posible que las casualidades, tantas veces, en el corto, mediano o largo plazo, terminen encontrando una razón de ser. Entonces vio al hombre que se le acercaba con las revistas, ofreciéndolas respetuosamente. Uno a uno a todos los pasajeros, algunos lo alejaban con un respetuoso "no gracias". Otros ni siquiera le dirigían la mirada. Tal vez por su leve cojera, o su rostro que, aunque se forzaba a estar prolijo no podía evitar mostrar los años que había sufrido los avatares de la cruda ciudad cuando expone a una persona a las vicisitudes de una vida sin hogar ni trabajo.
Emerilo lo vio y se decidió a comprar una revista, sabiendo que no iba a cambiar el mundo, pero que tal vez iba a ayudar a aquel hombre cansado a llegar cinco pesos más temprano, o cinco pesos más tranquilo, al lugar donde fuera a descansar aquella noche.
- ¿Te doy la última?- Preguntó con la boca torcida.
- Si, está bien, es lo mismo-
Y cuando le entregó la revista, señaló. -Aca, aca... hay una poesía mía- y con dificultad trató de marcarle la última página. Emerio entendió y abrió la publicación y entonces aquel hombre señaló un recuadro, de entre otros cuatro, y siguió su camino.

SIN TÍTULO
"Una soledad palabra irresuelta,
una reflexión imagen sigilosa,
una mínima ilusión absurda,
una dulce percepción corriente,
una leve aliteración profunda,
una tenue perfección absurda,
una instancia exactitud sublime,
una clave corrección insolente,
una honda profundidad oscilante,
un amor inmanencia mórbida,
una constante absurdidad solemne,
una arbitraria sublimidad predecible,
un sol en tus ojos
¡una palabra!
           José María Rodriguez

Emerio vio primero el nombre y le dijo "la voy a leer José" antes de que aquel hombre siguiese tratando de vender sus revistas, y José se fue sonriendo tímido. Y cuando volvió a pasar miró cómplice, y Emerio le dijo que le había gustado, que lo felicitaba. José asintió con la cabeza, volvió a sonreír tímido y siguió su camino rumbo a su asiento.
Emerio continuó su viaje pensando en que muchas veces las cosas pasan por algo.

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