Apoyó el violín en su hombro; su pera en el violín y cerró los ojos. Sonreía suave y respiraba despacio, las lágrimas por un momento estuvieron a punto de escaparse de entre su parquedad e introversión. Su cuerpo por momentos se hamacaba suavemente, como si navegara entre sentimientos irresueltos y pensamientos comprometedores que no tenía el valor de plasmar en palabras.
Y ahí estaba ella. Que de a poco mostraba todo su ser en una melodía eternamente inconclusa que iba naciendo nota tras otra, lenta y brusca, suave y tosca, veloz y resignada momento por momento, todo separado y junto todo a la vez. Podía sonar eternamente y jamás dejaría de ser tan deliciosa. Nunca ella iba a saber como iba a terminar.
Y le temblaban las rodillas y casi estaba a punto de perder toda su fuerza cuando el arco se deslizaba audaz por la cuerda y llevaba un sonido al borde mismo de la creación. Exponiéndolo tan crudo, demostrando que la belleza es tan subjetiva. A ella ese sonido la encantaba y poco a poco ganaba fuerzas nuevamente para que sus rodillas no se vencieran y se incorporaba en sí misma y continuaba. Tan ella, tan sumergida en sí misma, volvía a disfrutar de mostrarse tan completa.
Y las personas que la escuchaban expresar tan puros todos sus sentires simplemente se dejaban llevar. En cada presión de sus dedos sobre el instrumento había un color y cada movimiento del arco era la pincelada y el cuadro que pintaba era tan hermoso como imperfecto, era la subjetividad misma de la belleza.
En algún momento ella decidió que había concluido y que el cuadro estaba terminado, que había dejado manar todo lo que tenía que fluir y ella volvía finalmente a estar en equilibrio con el mundo que la rodeaba, con alguna lágrima prófuga y una sonrisa alivada.
Algunos aseguran que la vieron en una plaza con una gorra de lana vistosa a sus pies, con algunas monedas dentro. Otros creen que estaba en un bar, tocando para algunos amigos y parejas enamoradas. Cientos juran haber estado en su interpretación de alguna pieza de música clásica en algún teatro muy respetable. Todos dicen que quien no concuerda con ellos está mintiendo o equivocado.
Y ahí estaba ella. Que de a poco mostraba todo su ser en una melodía eternamente inconclusa que iba naciendo nota tras otra, lenta y brusca, suave y tosca, veloz y resignada momento por momento, todo separado y junto todo a la vez. Podía sonar eternamente y jamás dejaría de ser tan deliciosa. Nunca ella iba a saber como iba a terminar.
Y le temblaban las rodillas y casi estaba a punto de perder toda su fuerza cuando el arco se deslizaba audaz por la cuerda y llevaba un sonido al borde mismo de la creación. Exponiéndolo tan crudo, demostrando que la belleza es tan subjetiva. A ella ese sonido la encantaba y poco a poco ganaba fuerzas nuevamente para que sus rodillas no se vencieran y se incorporaba en sí misma y continuaba. Tan ella, tan sumergida en sí misma, volvía a disfrutar de mostrarse tan completa.
Y las personas que la escuchaban expresar tan puros todos sus sentires simplemente se dejaban llevar. En cada presión de sus dedos sobre el instrumento había un color y cada movimiento del arco era la pincelada y el cuadro que pintaba era tan hermoso como imperfecto, era la subjetividad misma de la belleza.
En algún momento ella decidió que había concluido y que el cuadro estaba terminado, que había dejado manar todo lo que tenía que fluir y ella volvía finalmente a estar en equilibrio con el mundo que la rodeaba, con alguna lágrima prófuga y una sonrisa alivada.
Algunos aseguran que la vieron en una plaza con una gorra de lana vistosa a sus pies, con algunas monedas dentro. Otros creen que estaba en un bar, tocando para algunos amigos y parejas enamoradas. Cientos juran haber estado en su interpretación de alguna pieza de música clásica en algún teatro muy respetable. Todos dicen que quien no concuerda con ellos está mintiendo o equivocado.
Ella, violín en mano, camina bajo la lluvia sabiendo que tal vez todos tengan razón.
Apoyó el violín en su hombro y su pera en el violín y cerró los ojos. Sonreía suave y respiraba despacio, las lágrimas por un momento estuvieron a punto de escaparse de entre su parquedad e introversión. Su cuerpo por momentos se hamacaba suavemente, como si navegara entre sentimientos irresueltos y pensamientos comprometedores que no tenía el valor de plasmarlos en palabras.
Y ahí estaba ella. Que de a poco mostraba todo su ser en una melodía eternamente inconclusa que iba naciendo nota tras otra, lenta y brusca, suave y tosca, veloz y resignada momento por momento, todo separado y junto todo a la vez. Podía sonar eternamente y jamás dejaría de ser tan deliciosa. Nunca ella iba a saber como iba a terminar.
Y le temblaban las rodillas y casi estaba a punto de perder toda su fuerza cuando el arco se deslizaba audaz por la cuerda y llevaba un sonido al borde mismo de la creación. Exponiéndolo tan crudo que demostraba que la belleza es tan subjetiva. A ella ese sonido la encantaba y poco a poco ganaba fuerzas nuevamente para que sus rodillas no se vencieran y se incorporaba en sí misma y continuaba. Tan ella, tan sumergida en sí misma, volvía a disfrutar de mostrarse tan completa.
Y las personas que la escuchaban expresar tan puros todos sus sentires simplemente se dejaban llevar. En cada presión de sus dedos sobre el instrumento había un color y cada movimiento del arco era la pincelada y el cuadro que pintaba era tan hermoso como imperfecto, era la subjetividad misma de la belleza.
En algún momento ella decidió que había concluido y que el cuadro estaba terminado, que había dejado manar todo lo que tenía que fluir y ella volvía finalmente a estar en equilibrio con el mundo que la rodeaba, con alguna lágrima prófuga y una sonrisa alivada.
Algunos aseguran que la vieron en una plaza con una gorra de lana vistosa a sus pies, con algunas monedas dentro. Otros creen que estaba en un bar, tocando para algunos amigos y parejas enamoradas. Cientos juran haber estado en su interpretación de alguna pieza de música clásica en algún teatro muy respetable. Todos dicen que quien no concuerda con ellos está mintiendo o equivocado.
Y ahí estaba ella. Que de a poco mostraba todo su ser en una melodía eternamente inconclusa que iba naciendo nota tras otra, lenta y brusca, suave y tosca, veloz y resignada momento por momento, todo separado y junto todo a la vez. Podía sonar eternamente y jamás dejaría de ser tan deliciosa. Nunca ella iba a saber como iba a terminar.
Y le temblaban las rodillas y casi estaba a punto de perder toda su fuerza cuando el arco se deslizaba audaz por la cuerda y llevaba un sonido al borde mismo de la creación. Exponiéndolo tan crudo que demostraba que la belleza es tan subjetiva. A ella ese sonido la encantaba y poco a poco ganaba fuerzas nuevamente para que sus rodillas no se vencieran y se incorporaba en sí misma y continuaba. Tan ella, tan sumergida en sí misma, volvía a disfrutar de mostrarse tan completa.
Y las personas que la escuchaban expresar tan puros todos sus sentires simplemente se dejaban llevar. En cada presión de sus dedos sobre el instrumento había un color y cada movimiento del arco era la pincelada y el cuadro que pintaba era tan hermoso como imperfecto, era la subjetividad misma de la belleza.
En algún momento ella decidió que había concluido y que el cuadro estaba terminado, que había dejado manar todo lo que tenía que fluir y ella volvía finalmente a estar en equilibrio con el mundo que la rodeaba, con alguna lágrima prófuga y una sonrisa alivada.
Algunos aseguran que la vieron en una plaza con una gorra de lana vistosa a sus pies, con algunas monedas dentro. Otros creen que estaba en un bar, tocando para algunos amigos y parejas enamoradas. Cientos juran haber estado en su interpretación de alguna pieza de música clásica en algún teatro muy respetable. Todos dicen que quien no concuerda con ellos está mintiendo o equivocado.
Ella, violín en mano, camina bajo la lluvia sabiendo que tal vez todos tengan razón.



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