21.1.12

Busquedas equivocadas

Prendió un cigarrillo. No. Dos cigarrillos. En realidad había prendido un paquete entero de cigarrillos, ahora estaba en el primero del segundo paquete. Y se sentaba. No, me corrijo. Se acomodaba, y se reacomodaba. Buscaba encontrar paciencia disfrazada de comodidad. se movía para un costado, para el otro, hacia el borde de la silla, se levantaba, se sentaba. No, se servía un whisky, vah... dos... o tres. No sé, fue difícil seguirle el paso. La botella iba convirtiéndose en restos y el hielo se había derretido hacía demasiado tiempo.
Escribía. El cigarrillo apenas se sostenía en la boca entreabierta, apenas apoyado, a punto de caer, más ceniza que cigarro colgaba del filtro mientras escribía en la vieja Remington. Había encontrado la concentración al borde de la silla, con los anteojos al borde de la nariz, con el cigarrillo al borde de la boca, el whisky al borde del final, y la noche al borde del exceso; pero del otro lado. Excedida. Ahí encontró el balance. 
La panza se abría paso entre las piernas que se cruzaban a la altura de los talones, el rulo a la altura de la ceja y la Remington a la altura de las circunstancias, vieja pero entera. 
Se detuvo por un instante.
Releyó.
Arrancó la hoja, apagó el cigarro y se tomó el resto de whisky de un sorbo, prefería tomar directamente desde la botella.
Volvió a intentar. Colocó una nueva hoja, escribió otro comienzo. Se detuvo. Pensó. No, leyó. Arrancó la hoja y la Remington seguía soportando esos embates estoicamente. La lógica dictaba que el carro se desprendiera ante el movimiento tan brusco y descuidado, los años pedían que la vieja máquina de escribir se destartalara cuando presionaba con los índices -los únicos dedos que usaba para escribir- las teclas pequeñas y redondas de letras blancas y elegantes.
Mascullaba, maldecía, pensaba. No leía.
Arrancaba la hoja, la hacía un bollo y colocaba una nueva. Pensaba unas palabras.... chasqueaba los dedos tratando de recordar la otras que buscaba. Leía lo escrito, releía. No se convencía, arrancaba la hoja, la hacía un bollo y colocaba una nueva, la Remington soportaba. 
La botella se acabó, los cigarrillos lo asquearon, el cansancio lo venció y finalmente se fue a acostar. Estaba decepcionado, no había logrado lo que quería, pensó que eso que había escrito no le servía. Maldijo, dejó los anteojos en la mesa de luz, se sacó los pantalones, la camisa y se tiró sobre la cama de sábanas arrugadas sintiendo todo el cuerpo adolorido. Se durmió inmediatamente.
El creía que aquellas horas tratando de encontrar la combinación exacta de palabras había sido una perdida de tiempo. Sin embargo esa era la primera vez en meses en que lograba dormirse apenas se acostaba.



Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma. 
-George Bernard Shaw 

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