25.1.12

De la vida y otras yerbas.

"Aquel hombre es inmortal" dijo. Lo señaló con desgano, lo miró con desprecio, como si no valiera el esfuerzo de levantar la mano, de indicar con el índice. Los demás miraron.
El tono de voz, la manera en que colocaba las palabras, Feriseo no siempre hablaba de la manera en la que lo hizo en ese momento y cuando lo hacía, sabían que decía una verdad.
-¿A quién te referís?-  Preguntó uno del grupo tratando de encontrar al señalado, la calle estaba llena de gente que caminaba apurada, escapándose del calor. Había tipos con ropas de marca que trataban de separarse de la multitud escondiendo la mirada tras unos lentes muy negros y un dejo de desprecio en el rostro. Había deportistas que se preguntaban por qué estaban ahí, disfrazados con ropa formal y corriendo entre oficinas y papeles. Pasaba algún gordito de cachetes acalorados que sacaba pecho mientras devoraba una hamburguesa y una coca cola y escuchaba un disco de David Getta con unos auriculares gigantes, creyendo que estaba desaprovechado en su trabajo, que la oportunidad le iba a caer del cielo de un momento a otro y que le faltaba poco para que la mujer de su vida le declarara amor eterno y el calor no lo asfixiara en verano. Se le manchaba la comisura del labio con ketchup y no se enteraba.
Todos ellos caminaban raudos por la ciudad y la mano se mantenía firme señalando un punto incierto. Nadie sabía bien a quién señalaba hasta que Feriseo especificó.
-Aquel hombre de allá, el que está sentado en la puerta del banco, con las ropas andrajosas, las bolsas de papel en el costado y el plato para las limosnas en sus pies. Ese hombre es inmortal.-
No sabían si reír o creer. Varias veces habían visto al mendigo en la puerta del banco, hacía algún tiempo había aparecido allí y se convirtió en parte del paisaje, a fuerza de repetición, sin que nadie preguntara nada. Siempre estaba con sus piernas cruzadas, los ojos cerrados y las ganas muertas. Alguno le dejaba una moneda en el plato de plástico azúl y el mendigo inmutable, de más piel y huesos que carne, de escasos gestos, de cara flaca y de barba larga, de ojos cerrados, con las manos sobre las rodillas desnudas. Quieto.
- ¿Y por qué decís que es inmortal?- preguntó el mismo que había preguntado antes mientras el resto del grupo todavía no decidía que pensar.
- Él no fluye en el tiempo, no se deja arrastrar por los hechos ni sus consecuencias. Existe ajeno a la realidad, sin conexión alguna con ella. No le importa el devenir. Se volvió un marginal de la sociedad primero y con el tiempo se separó de la vida y los sentimientos. Ahora que nada le importa, ni siquiera rescatar la propia esencia de su ser del desgaste que provocan los elementos, se alienó en su más íntima y profunda forma del contexto. Logró que el presente -que es pasado y futuro también- lo olvide. Se convirtió entonces en un ajeno. Se convirtió en un cuerpo extraño que no le pertenece.
- Pero esos no son imortales, son locos- Interrumpió el único que se animaba a interrumpir. El mismo que había preguntado las veces anteriores.
- Eso es verdad la mayoría de las veces- respondió. -Pero con ese loco yo hablé, y me di cuenta de que está lleno de desesperanza y descreimiento, pero aún así quiere seguir vivo. Aquel hombre es inmortal."


1 Opinaciones:

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ganarse la vida, me gano la vida es buena, pero la calma!

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